La pérdida, la muerte y los procesos de duelo son preocupaciones humanas fuertemente influenciadas por experiencias personales y creencias socioculturales. La muerte puede despertar en nosotras un estado afectivo negativo, consecuencia de la constatación – a menudo repentina – de «la importancia de la mortalidad».

Desde luego, los profesionales sanitarios, enfermeras, médicas de familia, internistas… estamos mucho más expuestos a la muerte, y dialogamos con ella mucho más a menudo que el resto de la sociedad. La enfermedad, el trauma, la violencia y los factores que exponen a nuestros pacientes a la muerte pueden influir en nuestra experiencia y en los niveles de ansiedad que tenemos que gestionar

Es previsible que el hecho de estar en constante exposición con los confines de la existencia y de la vida nos acabe generando un mayor agotamiento, fatiga por compasión y estrés ocupacionales. Las unidades de cuidados intensivos, las urgencias y entornos para pacientes hospitalizados son escenarios perfectos para que florezcan nuestros miedos, cansancios y agotamientos. ¿Cómo se prepara a los profesionales sanitarios para hacer frente a esto?, ¿Tenemos, en nuestra formación, apartados específicamente dedicados a la inteligencia emocional sanitaria y a la gestión de las emociones y el estrés para estar lo suficiente protegidas y preparadas ante hechos tan profundos como la muerte de un ser humano? Parece que, en general, la mayoría de intervenciones formativas y en recursos humanos vayan más bien dirigidas a «contrarrestar consecuencias graves para el funcionamiento del sistema», es decir, garantizar que una enfermera o una médica no dejarán su puesto de trabajo, que no atenderán de forma menos eficiente o que la salud global del equipo no disminuirá. ¿No deberíamos abrir nuestra mente y aceptar que este enfoque es más propio de la revolución industrial del siglo XIX que de la sociedad supestamente humanizada del siglo XXI?

Los profesionales sanitarios desempeñamos un papel fundamental en la prevención de la muerte y también ayudamos a pacientes y familiares en su toma de decisiones anticipadas, para prepararse ante el final de la vida. Es normal que nos sintamos abrumadas por esa responsabilidad. Lidiar con la culpabilidad, con los factores estresantes asociados con la muerte y con el sentirnos poco preparadas no son, para nada, tareas sencillas. Trabajar aspectos como la comunicación con los pacientes que están muriendo y con sus familias, enfocarnos en el diseño de unos cuidados paliativos adecuados y encauzar la aceptación de la despedida desde una perspectiva científica y sanitaria y, en conscuencia, humana, debería ser nuestra misión. 

La ansiedad ante la gestión de la muerte es un constructo multidimensional con atributos emocionales, cognitivos, que se nutre de nuestras experiencias personales y que crece a expensas de una ausencia de perspectivas científicas sólidas o lo suficientemente integradas en nuestro sistema emocional. Sentir ansiedad ante la muerte es lo más humano que existe pero el hecho de no poder gestionar este estado abrumador no es, desde luego, culpa nuestra. La ausencia de planes formativos adecuados tiene su origen en una concepción materialista de nuestro trabajo, casi industrial.

Sí que podemos ser conscientes de que la ansiedad por la muerte puede traernos importantes consecuencia emocionales y conductuales. Cuidar nuestra preocupación empática, ser conscientes de la importancia en los niveles de calidad de la atención que ofrecemos y afrontar el estrés mediante conductas constructivas, sí depende totalmente de nosotros. Y no hay prisa, cada uno debe tomarse su tiempo, elaborar el duelo y encontrar el sentido. La muerte de pacientes, de compañeros o compañeras de trabajo, de familiares, e incluso la forma de comunicar un fallecimiento o a la hora de presentar múltiples opciones ante una atención paliativa, son los procesos más duros a los que nos enfrentamos. El hecho de reconocer sus riesgos nos fortalecerá, no solo como profesionales, si no como seres humanos, en todas las facetas de nuestra existencia.

Algunos estudios, como el llevado a cabo por Carol Gouveia MeloDavid Oliver, publicado en el Journal of Palliative Care, han empezado a poner cifras al agotamiento y a los beneficios de una buena formación y trabajo en Inteligencia Emocional sanitaria a la hora de prevenir la ansiedad por la muerte y el consecuente riesgo de burnout. En ese caso, 150 participantes en el estudio (desde enfermeras, médicos, y otros profesionales, todos ellos trabajando en unidades de cuidados paliativos) asistieron a formaciones y cursos específicos para lidiar con la pérdida y los procesos de duelo. Dichas formaciones parecierion conducir a una reducción significativa en los niveles de agotamiento y ansiedad por la muerte en la mayoría de sujetos. Muchos, a su vez, refirieron un aumento en el bienestar personal y la realización profesional, y percibieron una mejora en la calidad de sus relaciones con los pacientes y sus familias.

 

Referencias


Death anxiety among nurses and health care professionales: A review article, Hamid Sharif Nia, PhD,1 Rebecca H. Lehto, PhD,2 Abbas Ebadi, PhD,3 and Hamid Peyrovi, PhDhttps://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4709813/

Lehto RH, Stein KF. Death Anxiety: An analysis of an evolving concept. Research and Theory for Nursing Practice. 2009;23:23–41  [PubMed]

Neimeyer RA, Wittkowski J, Moser RP. Psychological research on death attitudes: An overview and evaluation. Death Studies. 2004;28:309–40. [PubMed]

Melo CG, Oliver D. Can addressing death anxiety reduce health care workers’ burnout and improve patient care? Journal of Palliative Care. 2011;27:287–95. [PubMed]

 

 

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