Estamos en jaque. Nuestra sanidad, nuestra economía, nuestras relaciones, nuestra forma de vida tal y como la conocemos, todo ello patas arriba debido a un  microorganismo con millones de amigos que campan a sus anchas por todo el mundo. Se cierran colegios, iglesias, carreteras, restaurantes… Un «enemigo invisible» que  nos obliga a parar en seco, y ojalá que a pensar, a repensar, “esta vida loca” en la que andamos inmersos.

Un problema de salud de esta magnitud nos ocupa a todos los profesionales sanitarios. Estamos en primera línea de fuego. En los Centros de Salud, en las unidades de emergencias móviles, en los servicios de urgencia de Atención Primaria, en las urgencias hospitalarias, en las plantas hospitalarias de ingreso, en las unidades de intensivos, en las residencias de ancianos, en las residencias de personas con necesidades especiales… todos, absolutamente todos los que tratemos con pacientes, estamos sobreexpuestos.

El número de afectados crece exponencialmente a una velocidad más rápida de lo que los sistemas pueden asumir. Jornadas de actividad frenética, pacientes enfermos, sospechosos de estar enfermos, asintomáticos pero tan asustados que no pueden dejar de llorar… Los protocolos cambian cada 24h para adaptarse a los nuevos datos o circunstancias y surgen las preguntas para las que no siempre encontramos las respuestas.

No es fácil enfrentar el riesgo y aceptar que te contagiarás con más probabilidades que los demás, poniendo en riesgo la vida de tus seres queridos. No es fácil admitir que tienes miedo, sobre todo cuando de repente, de un día para otro, te has convertido en héroe social. Ya se sabe, los héroes, no tienen miedo, tienen capaantifaces y superpoderes. No es fácil navegar en la incertidumbre, en unas circunstancias en permanente cambio, con la posibilidad del error acechando. Así que a la sobrepresión asistencial se une además la expectativa de infalibilidad sobre nuestras acciones, la esperanza de que con nuestros héroes “todo va a ir bien”.

Miedo, incertidumbre y riesgo, un trío peligroso para nuestra salud emocional. El primer paso, ineludible e imprescindible para evitar ser arrastrados, es permitirnos y reconocer nuestros estados emocionales, darnos cuenta y aceptarlos, por muy intensos y contradictorios que parezcan. Sí, tengo miedo. Es normal. Nos preguntamos ¿cómo voy a enfrentarme a esto?, ¿qué va a pasar en las próximas horas? Sí, tengo miedo  cuando pienso en mi familia. Es normal. Sí, no sé que decisión tomar en este momento, dame un minuto.

Tomar conciencia es el primer paso para trascenderlos, para modularlos, para aquietarlos y dirigir nuestra conducta de forma consciente hacia nuestro objetivo, que es realizar nuestro trabajo de la forma más precisa posible, protocolo y evidencia en mano, la que haya disponible en cada momento. Porque hay una fuerza mucho más poderosa que nos propulsa en sentido contrario al miedo y es la de la vocación de servicio y la pasión por nuestras profesiones.

Estos días saldrás de tu centro cansado, agotado, con ganas de llegar a casa para darte una ducha y tumbarte en el sofá, con la  energía justa para ocuparte de tus hijos que se han quedado sin cole. Puede que te sientas inquieto o duermas peor por la noche y que tengas una sensación de « ocupación plena» por el coronavirus que te dificulte disfrutar del poco tiempo del que dispones.

Hoy, más que nunca, es necesario que te cuides, en estos días de tensión e incertidumbre, que irán en aumento. Prepárate para el medio plazo, porque esto no es un sprint, es una maratón. Necesitamos mantenernos en las mejores condiciones para brindar nuestro mejor servicio durante un tiempo no acotado.

Y sobre todo, ábrete a la experiencia. A pesar de la dureza, no deja de ser un desafío individual y una gran oportunidad para nuestro trabajo interior, en el que podrás descubrir-te en capacidades, talentos, y fortalezas de las que, hasta ahora, no eras consciente. ¿Qué lección dejará el coronavirus  para tí? 

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