La incertidumbre tiene que ver con esa necesidad de saber qué va a pasar a continuación para poder anticiparnos, controlarlo y que no nos pille desprevenidos. Nos aferramos a lo conocido, lo previsible, a esa sensación de control que nos aporta calma. Sin embargo vivimos a diario situaciones confusas, inesperadas, cambiantes…

No siempre podremos predecir con exactitud lo que va a ocurrir o comprender lo que sucedió. No todo tiene una explicación racional. Frente al miedo que surge al perder la tierra firme bajo nuestros pies, podemos aceptar que la vida es cambio y una sorpresa constante. Frente a la ambigüedad podemos desarrolllar un pensamiento flexible, abierto a distintas alternativas, dispuesto a esperar lo inesperado. Si somos capaces de soportar esa falta de exactitud, podremos soltar la necesidad de control, vivir con más libertad, con menos estrés, explorando las nuevas posibilidades que nos llevan al futuro.

 

 

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