Julia era una encantadora abuela de 89 años que acudió una mañana a urgencias por mareo. En su historia constaban los antecedentes de hipertensiónhipercolesterolemia y un deterioro cognitivo sin filiar por lo que acudía a un centro de día regularmente. Caminaba con ayuda de un andador y precisaba ayuda parcial para algunas de sus actividades diarias.

Vino acompañada de una de sus hijas.

Mi entrada fue gloriosa. La saludé, le pregunté como se encontraba y lo hice alzando mi tono de voz, dando por hecho que ella, a su edad, no oía bien. Pronto me puso en mi sitio.

– Doctora, no es necesario que me grite. Soy mayor pero no estoy sorda. Comenzamos a reír, nosotras dos y su hija.

– Tiene razón Julia, la mayoría de las personas mayores con las que hablo están un poco sordas, pero ya veo que usted no.

Julia seguía sonriendo. Me tomó del brazo y me miró con ternura al mismo tiempo que susurraba “claro hija, vosotras sois tan jóvenes…” 

Casi inmediatamente me coloqué a los pies de la camilla, casi de espaldas a Julia, y solicité información a su hija. Quería conocer sus síntomas y el relato de los hechos.

– ¿Camina?, ¿Tiene fatiga o alguna dificultad?, ¿Come sola?, ¿ Se ha mareado otras veces?, ¿Ha habido algún cambio en la medicación?, etc. Su cara dibujaba preocupación, no sabía precisarme algunas de las respuestas, no vivía con ella.

Entonces Julia me enseñó otra lección:

– Doctora, tengo algo que decirle que creo puede interesarle. Si yo camino de aquí hasta allá (señalando una distancia de bastantes metros con su mano) no me fatigo normalmente, voy estupendamente con mi andador. Eso es lo que le estaba preguntando a mi hija ¿verdad?

En ese instante giré mi cabeza y me dí cuenta. Había etiquetado a Julia “demencia no filiada, parcialmente dependiente, camina con andador…” y esa etiqueta se interpuso entre ella y yo.

– Así es Julia, perdóneme, que le estaba dando la espalda. Cuénteme un poco más, ya veo que está bien atenta.

Y me contó su relato clínico con alguna intervención de su hija cuando veía que se despistaba o perdía (un poco) el hilo.

Las etiquetas son útiles en ocasionesson “atajos” que nos permiten ahorrar energía y optimizar nuestros recursos( sobre todo el tiempo). Pero a veces se convierten en trampas que ocultan a la persona, secuestran la entrevista y nos roban la riqueza de ese encuentro.

Cada día me recuerdo lo importante que es olvidar los antecedentes en los primeros minutos que atiendo a un paciente anciano, para darle la oportunidad de que me cuente su versión de lo sucedido. Y concederle su oportunidad, su espacio, su tiempo.

No son invisibles, aunque estén sordos, tengan dificultades al caminar o empiecen a despistarse. Simplemente son. Después de ocho o nueve décadas de vida. Y para poner “en antecedentes”, con sus títulos rimbombantes y siglas de un paralenguaje ininteliglible, ya habrá tiempo.

 

 

Etiquetar al paciente

El etiquetaje de pacientes es una distorsión cognitiva. Cuando vemos una persona mayor e institucionalizada le ponemos la etiqueta de sorda/demenciada y actuamos siguiendo esta distorsión cognitiva. De esta forma, etiquetamos a una persona por algunos de sus rasgos, hacemos un juicio ante lo que creemos que nos vamos a encontrar, y dejamos que nuestras acciones sean guiadas por esa proyección casi inconsciente. De ese modo estamos obviando a la persona que hay detrás.

Obviar a la persona puede tener su utilidad en la práctica diaria, ya que junto a esas etiquetas lo que hacemos es transferir una información, transferimos una sintomatología y un tratamiento. A menudo, sin embargo, con esa deducción de algunos rasgos, podemos caer en la generalización.

Para tratar al paciente, primero tratemos a la persona, no tratemos a la etiqueta.

© Imágenes de Ilaria Zanellato (Illustrator)

www.ilariazaellato.it

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