Dado que el Coronavirus SARS-CoV-2 y la enfermedad que provoca, la COVID-19, ha provocado una crisis mundial sin precedentes en nuestra historia reciente, muchos en todo el mundo se están preguntando acerca de las implicaciones que dicha crisis sanitaria y económica va a tener en nuestro futuro como sociedad y como individuos, además de los incipientes estudios sobre el impacto psicológico en el colectivo sanitario.

Como sociedad, ¿es cierto que a partir de ahora nada será igual?, ¿Vamos a ser capaces de cambiar nuestras formas de vivir, de producir, e incluso de replantearnos qué significan los conceptos progreso económico, social o emocional? Más allá de la tragedia, nos encontramos ante una oportunidad para transformar el paradigma y empezar a aplicar todo aquello que llevamos tiempo aprendiendo, intuyendo o aceptando en nuestro subconsciente, pero que jamáshabíamos puesto en práctica, bien sea por miedo o por falta de convicción. Tomemos por ejemplo el gran debate sobre la emergencia climática mundial. Muchos científicos a nivel global ponen sobre la mesa el hecho de que debido a esta paralización económica del mundo, los niveles de contaminación han bajado drásticamente. Cada día que pasamos en esta situación excepcional, el aire está objetivamente más limpio y los ecosistemas, aunque sea por unas semanas, respiran con alivio ante una reducción de la presión del impaciente progreso humano. Estos días hemos visto animales salvajes ocupar las avenidas de las ciudades europeas y pasearse por las calles vacías sin que ningún coche pusiera en peligro su vida. Los mapas de la NASA nos muestran que los niveles de dióxidos en la atmósfera, responsables del efecto invernadero, han descendido hasta un 30% y siguen bajando. Parece que el mundo está respirando, el planeta se está recuperando y la naturaleza “celebra” haberse liberado de los ruidos y de los humos humanos, aunque sea una libertad esporádica. Si llevamos esto al campo de las emociones y del bienestar, debemos ser más cautos

Nada que celebrar Ante una pandemia que está matando a miles de personas, que está dejando en evidencia las precarias condiciones de trabajo y de protección de los profesionales en los sistemas sanitarios públicos de medio mundo, y de la que no vamos a recuperarnos anímicamente tan fácilmente, un buen comienzo para afrontar nuestro cambio interior es ser conscientes que no hay nada que celebrar. El sufrimiento y la incertidumbre que estamos padeciendo en nuestro colectivo ante la falta de equipos de protección adecuados, de recursos humanos y los cambios de protocolos constantes no son, para nada, una buena noticia. El riesgo de volver atrás, con nuevos recortes, es evidente, y no debemos permitirlo. No puedo evitar pensar que en esta situación de reset total de nuestras fortalezas y debilidades y de nuestros sistemas de creencias tiene que existir un resquicio, una oportunidad para el cambio. Cada día que pasa somos más conscientes de que es bastante probable de que las cosas no vuelvan a ser nunca más como las conocimos, y que, en consecuencia, tenemos una oportunidad, una obligación casi, de aprender de nuestros errores para no volver a repetirlos y para no pisar los mismos caminos que nos han llevado hasta un colapso que, ahora lo sabemos, podría haberse evitado. Si tuviéramos que aceptar que estamos en un punto y a parte, y que vamos a tener que actualizar a la fuerza nuestro sistema emocional y nuestra forma de comunicarnos y entender el mundo para transformar nuestros principios, ¿qué dejaríamos atrás?, ¿qué es aquello que estamos seguros que no volveríamos a hacer? Un ejercicio de sinceridad Examinándonos atentamente, llegaremos a la conclusión de que la pregunta que nos hacíamos en el título del artículo no es la realmente importante. Lo que realmente importa es el contenido interior de la interrogación. Dicho de otra manera, la verdadera pregunta podría ser: ¿si pudieras cambiar algo, qué sería? para indagar después en el cómo y el qué. A lo mejor, finalmente, la lección más importante que vamos aprender de esta época oscura sea que lo importante es ser honestos con nuestras expectativas, y estar atentos en nuestras exigencias respecto a los demás para que entre tod@s seamos más responsables. Si hubiéramos sido más honestos con nuestro entorno a lo mejor hubiéramos llegado más preparados a esta pandemia. Llegará la hora de pedir responsabilidades a los gestores y a los políticos que no han sabido anticiparse, llegará la hora de rehacerlo todo, llegará la hora de cuidar a quienes nos están cuidando, dándolo todo y más, pero hoy no, todavía no. Hoy deberíamos examinarnos, identificar lo que queremos cambiar, lo que siempre habíamos lamentado, y abordar nuestra transformación personal, con esa misma exigencia que proyectaremos sobre los demás. Reflexión El riesgo, la incertidumbre, el cambio…son consustanciales a la vida. Esta pandemia nos ha dado una bofetada de realidad amplificada para despertarnos y darnos cuenta de ello. Porque esta pandemia pasará, pero vendrán otros riesgos, otros desafíos, otras enfermedades desconocidas…y necesitaremos recursos no sólo técnicos para poder afrontarlas. Sería imperdonable que, habiendo tenido la oportunidad de prepararnos, de una forma emocionalmente responsable, repitiéramos los mismos errores.   

Pasemos a la acción

Aprovechemos la oportunidad para reflexionar, cómo vivíamos, cómo vivimos y sobre todo cómo queremos vivir de ahora en adelante. Ahora puede ser un momento ideal para formarse y para descubrir aquellas herramientas que nos ayuden a mejorar de forma sustancial  nuestro trabajo diario y la forma en la que lo afrontamos. Todavía más, en tiempos de crisis. Por ello te propongo que investigues este curso que desde CIESAN te proponemos:

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