“Tsunami de sufrimiento” es uno de los conceptos que más han arraigado en la comunidad asistencial en los últimos tiempos a nivel mundial. Porque no hay ningún lugar más peligroso que un sitio que no existe, pero caer otra vez en el mismo error no puede ser una opción, mucho y muchos dependen de ello.

“Tsunami de sufrimiento” es uno de los conceptos que más han arraigado en la comunidad asistencial en los últimos tiempos a nivel mundial. Hemos escuchado la expresión en conferencias de prensa de la Organización Mundial de la Salud, en los múltiples webinars formativos a los que hemos podido asistir y se ha escrito una y otra vez en la prensa especializada y generalista. El término fue utilizado por primera vez por un grupo de médicos, académicos y científicos de varios países y continentes formado por Lukas Radbruch, Felicia Maria Knaul, Lilian de Lima, Cornelis de Joncheere y Afsan Bahedia y fue incluido en el título de un artículo que publicó The Lancet en el ya lejano abril de este año 2020; el año del COVID. “The key role of palliative care in response to the COVID-19 tsunami of suffering” (El papel clave de los cuidados paliativos en respuesta al tsunami de sufrimiento COVID-19) es el nombre de la propuesta y análisis que firma este grupo internacional y, a pesar de que se hace referencia a los cuidados paliativos, también son mencionados diversos puntos que me parecen extremadamente interesantes y que ponen el foco en emociones e Inteligencia Emocional.

En primer lugar, comentar que como profesionales sanitarios los cuidados paliativos y toda la gestión que los rodea son parte esencial de la medicina, ya sea en Atención Primaria o en el ámbito hospitalario. Gran parte de nuestras decisiones tendrán un impacto en el final o en la continuación de las vidas de nuestros pacientes.

En otras ocasiones ya hemos hablado sobre conceptos tan complejos como la definición de la calidad de vida, el acompañamiento en los momentos más vulnerables, las fortalezas de una conversación y un buen uso del lenguaje o la confusión que nos provoca la falta de empatía en momentos sensibles, tanto a nivel de nuestros colegas como de nuestros pacientes.

Puedes releer alguno de los artículos publicados en el blog Sanidad con Emociones que se enmarcan en este ámbito, por ejemplo: «En esos segundos, somos lo más parecido a una familia«https://ciesan.com/blog/covid19-paciente-uci-inteligencia-emocional-intubacion-urgencias.

Desgraciadamente, en la situación de pandemia mundial por COVID-19 que nos ha tocado vivir y que marcará un antes y un después en nuestra era, hemos tenido que debatir en muchas ocasiones sobre cómo actuar, y nos hemos enfrentado a situaciones que han llevado nuestra capacidad personal y profesional al límite. Y está bien, ha sido así, hemos estado a la altura. Lo hemos hecho y lo seguimos haciendo tan bien como sabemos. Porque somos profesionales, con plena capacidad para actuar y ofrecer una calidad asistencial de alto nivel. Cuando miramos a un paciente, no sólo vemos una correlación de síntomas, diagnósticos y tratamientos, sino que vemos a alguien conectado a su entorno y comunidad, y gestionamos su realidad con sensibilidad y voluntad de excelencia.

Pero también somos personas. Por lo que es normal que nos hayan afectado situaciones que nunca hubiéramos imaginado vivir y es normal que en el limbo de nuestras capacidades, cuando el virus ha tensado con inusitada brutalidad nuestra voluntad, hayamos cometido errores.

En ese sentido, los autores del artículo de The Lancet proponen varias estrategias para enfrentarnos al dolor durante y después de la pandemia de COVID-19 y me interesa especialmente la visión que presentan del tsunami de sufrimiento como un espejo en el que nos vemos los profesionales de la salud. “No hay nada más peligroso que un lugar que no existe”, afirman, y me parece que desde hace meses estamos en esta zona gris,  surfeando las olas de este mar de incertidumbres diagnósticas que se han llevado millones de vidas por delante en todo el mundo, y el bienestar emocional y social de tantos más.

Optimizar la cooperación y coordinar mejor nuestros entornos profesionales, sanitarios y de gestión es una de las vías principales que proponen para empezar ese tránsito hacia la superación de la pandemia. Para ello, es necesaria una presión precisa y continuada sobre los sectores políticos y gubernamentales que puedan aportar recursos y soluciones a través de un mayor entendimiento bilateral y multilateral con la sociedad civil, el sector público y las organizaciones que desempañan su papel en el sector privado.

Los profesionales sanitarios debemos protestar cuando veamos que esta colaboración está amenazada, sí, pero sin olvidar que nosotros somos el eco de la solidaridad, y que parte de nuestra profesión se basa en ser correas de transmisión de certidumbres, con el fin de preservar la continuidad de la atención. La disponibilidad de equipos de protección personal y su uso racional no han sido adecuados, lo sabemos, lo hemos sufrido, y hemos tenido que lidiar con una de las ratios más elevadas en el mundo de sanitarios infectados, por lo que hemos protestado, nos hemos organizado y algunas de estas deficiencias se han ido solventando con el tiempo. El sabio Confucio tiene una frase que me parece acertada para esta situación. Él decía “si cometes un error y no lo corriges, esto sí que se puede llamar un error”. Sin duda, corregir errores materiales, la falta de inversión endémica del sistema, la mala gestión, los cambios de protocolos y de criterios a diario pueden no ser tan difíciles de corregir como sus consecuencias. ¿Cómo gestionaremos el daño causado en el ámbito emocional?, ¿Quién reestructurará nuestra energía?, ¿Cómo podremos encontrar un sentido a lo vivido? o ¿En qué medida nos reconectaremos con nuestro propósito?

Los creadores del “concepto tsunami de sufrimiento” apuestan por poner el foco aquí, en el fomento del autocuidado emocional de los profesionales de la salud. Para mejorar en nuestra autoimagen como guardianes de la salud de las personas a las que tratamos.

Y es que la pandemia mundial de COVID-19 ha tensado al máximo las costuras del orden establecido y ha llevado hasta el límite el suministro adecuado y equilibrado de medicamentos, la toma compartida de decisiones o las capacidades en el seguimiento de las familias. Y es que muchas de ellas no solamente no han podido sentirse cerca de sus seres queridos, sino que tampoco lo han tenido fácil a la hora de tomar decisiones compartidas sobre su salud. La teleasistencia no siempre ha sido suficiente.

Finalmente, para convertir ese tsunami de sufrimiento en una inundación de esperanza, la formación online, la colaboración y el refuerzo de redes multidisciplinares son una necesidad y una recomendación de las principales organizaciones científicas a nivel mundial, también recogidas en este texto del pasado mes de abril. Formarnos en la gestión de nuestras emociones, en el refuerzo de nuestras estrategias y en el análisis de lo que nos pasa con lo que pasa, y vincular este trabajo a las habilidades que agrupa la Inteligencia Emocional, es crucial.

En un interesante estudio publicado en The Lancet Psychiatry se hace un llamamiento internacional para una mayor inversión en formación para salud mental entre profesionales de la salud: Burnout, aislamiento, soledad y depresión entre profesionales “están a la orden del día de la investigación científica” y se se están monitorizando los efectos psicológicos de la pandemia sobre los sistemas sanitarios porque sus “consecuencias pueden ser más importantes, graves y duraderas que el encontrar una vacuna”. En ese mismo sentido, otras publicaciones como Science Direct o el The New England Journal of Medicine alertan que los profesionales de la salud no estamos preparados emocionalmente para hacer bien nuestro trabajo y proponen:

“Ampliar todos los planes de estudio de los trabajadores de salud y de la comunidad para incluir las competencias básicas en gestión emocional y en Inteligencia Emocional y establecer pautas y protocolos estándares y estratificados por recursos para las diferentes etapas de una pandemia y basados ​​en situaciones y escenarios que evolucionan rápidamente.”

Porque no hay ningún lugar más peligroso que un sitio que no existe, pero caer otra vez en el mismo error no puede ser una opción, mucho y muchos dependen de ello.

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Referencias


1. The key role of palliative care in response to the COVID-19 tsunami of suffering

https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)30964-8/fulltext

2. Psychology and individual factors: researching the effect of COVID-19 on mental health

https://www.thelancet.com/journals/lanpsy/article/PIIS2215-0366(20)30168-1/fulltext

3. Emotional impact of the Covid-19 pandemic on healthcare workers in one of the most important infection outbreaks in Europe

https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2387020620304988

4. Preventing a Parallel Pandemic — A National Strategy to Protect Clinicians’ Well-Being

https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/nejmp2011027

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