Perlas CIESAN: Relato indignado / Coordenadas de vida

Perlas CIESAN: Relato indignado / Coordenadas de vida

A veces ocurren situaciones que sacan lo peor de nosotras mismas como profesionales sanitarias, que nos remueven la consciencia y nos provocan una extraña mezcla de rabia, incredulidad y tristeza.

Estoy hablando de un caso que me ocurrió no hace mucho y que me dio mucho que pensar y me hizo hacerme de nuevo muchas preguntas sobre el sistema y los valores que tenemos como sociedad supuestamente desarrollada.

Una mujer de unos 50 años con obesidad mórbida ingresó por un problema respiratorio. La acompañaba su marido, un hombre de 67 años al que, aparentemente, no le pasaba nada más que el hecho de ser fumador desde joven. La familia de la mujer había recorrido 90 quilómetros desde su casa para prepararle una maleta y llevarlo al hospital. En dicha maleta le habían puesto ropa para varios días y 10 paquetes de tabaco. Nos comentaron que este hombre es una persona dependiente del que nadie podía hacerse cargo , no podía permanecer solo en su domicilio y por tanto, nos anunciaban, también tenía que ingresar, en la misma habitación que su mujer.

Al oír sus palabras me quedé atónita. Mi primera reacción fue de rechazo, de indignación. Notaba el calor subiendo por mi cara, mis labios apretados y mi mandíbula tensa. Me venían pensamientos a la cabeza como “el servicio de salud no está para eso”, o “hay que ser muy irresponsable, ¡encima con tabaco!” “¿Qué no hay un familiar disponible para hacerse cargo durante unos días?”.

Pero enseguida, superé la reflexión personal y me asaltó un pensamiento más global. “¿Qué sociedad tenemos que deja a alguien abandonado de esta forma?” Los valores de esa familia no coincidían con los mismos, era evidente. Y es en situaciones como éstas cuando sacar la “artillería emocional” puede salvarte la tarde. Para desengancharte de la indignación en primer lugar. Y modular la expresión de tus palabras y de tus gestos para no generar más tensión. Para argumentar desde la calma, no desde la rabia, después. Para explorar las coordenadas con las que ellos entienden el mundo, la vida y más concretamente, el sistema sanitario. Para ver a la persona más allá de sus palabras, para percibir la situación vital compleja de aquel hombre que parecía intuirse. Autorregulación emocional lo llaman.  

Respiré hondo, guardé silencio, miraba hacia mí. Quería tomar perspectiva. Intentaba comprender.

Ellos “tenían su vida” y ya habían hecho suficiente recorriendo esos 90 Km para llegar hasta allí. Su mujer les daba la razón “es mi marido pero no es nada de ellos, no tienen por qué hacerse cargo. El vive conmigo, yo estoy enferma,  y con su propia familia hace tiempo que no se habla…”  

Quise hacerles entender, a todos, que los servicios sanitarios son un recurso público y que deben utilizarse con responsabilidad, y que la “incomodidad” de tener un familiar político a casa unos días no justifica un ingreso. Que existen residencias para ingresos cortos. Además, el tema del tabaco en un hospital…

No aceptaron mi propuesta. Les daba igual. “Total…¿qué más le da al hospital un enfermo más que un enfermo menos? La sanidad pública la pagamos entre todos….”  

Entonces le miré a él. Estaba sentado en una silla de ruedas, aparentaba veinte años más, permanecía inmóvil agarrado a un pequeño gorro en las manos, con la mirada baja, hacia el suelo, en silencio.  ¿Qué miraba? ¿Nos entendía? Si era así ¿qué estaría pensando o sintiendo? ¿Cómo había acabado en esa tesitura? No se lo pregunté.  

Sólo me quedaba la aceptación. Aceptar, sin juzgar, a esa familia, con una escala de valores completamente diferente a la mía y que no compartía ni de lejos. Aceptar que en ese momento, yo no podía hacer nada más. Y aunque no fuera un problema sanitario, aceptar cursar un ingreso hospitalario en espera de que el sistema sí pudiera ocuparse de un hombre de 67 años dependiente hasta encontrar una solución acorde con su situación vital y biológica. 

 

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